En una ciudad vibrante de historias, este proyecto eco-consciente elige el silencio. Fue concebido para que, en su interior, no sientas la ciudad en absoluto, sino un susurro arquitectónico que rinde homenaje a la memoria colectiva del tejido histórico de San Miguel de Allende.
Desde el núcleo de la diseñadora interior Claudia Grajales surge un genuino deseo: crear un espacio multidisciplinario donde la arquitectura, el diseño y el arte coexistan. Desde esa raíz, invita al arquitecto Alejandro D’costa a intervenir en una propiedad histórica con una visión respetuosa y sostenible.
La obra se reconstruye desde su propia memoria. De las excavaciones y demoliciones, la piedra, la madera y el metal recuperados se convierten en la materia prima del sistema edificatorio. Menos desperdicio, más significado: cada pared sostiene dos tiempos; cada textura, una continuidad.
Desde su apertura, el lugar se ha convertido en un ícono en San Miguel, no por alzar su voz, sino por su presencia silenciosa. Preserva el carácter histórico mientras añade un gesto contemporáneo que envuelve la esencia de la propiedad. Aquí, lo antiguo y lo nuevo no compiten; conversan. Aquí, la sostenibilidad no es un adorno: es método, ética y forma.
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